Náufrago en tierra

lunes 27 de abril de 2009

RECORDANDO A MI PADRE


En tu homenaje.
... Oceánico amor, Valparaíso,

reina de todas las costas del mundo,

verdadera central de olas y barcos,

eres en mí como la luna o como

la dirección del aire en la arboleda.


Amo tus criminales callejones,

tu luna de puñal sobre los cerros,

y entre tus plazas la marinería

revistiendo de azul la primavera.

Que se entienda, te pido, puerto mío,

que yo tengo derecho

a escribirte lo bueno y lo malvado

y soy como las lámparas amargas

cuando iluminan las botellas rotas.

Pablo Neruda
[fragmento: Amo, Valparaíso, cuanto encierras...]



Creo que lo que me ocurre a mí rescatando valores de mi padre, ya tantos años desaparecido es, en cierta medida, lo que les ocurre a muchos hijos con sus padres. Y es que nos damos cuenta casi siempre -demasiado tarde- en que valoramos actitudes y vivencias cuando él estaba entre nosotros. Para un hijo, el juicio sobre la figura del padre, pasa irremediablemente por diversos estadios de opinión, pasa de ser un gigante omnipresente que sabe todo lo que se le pregunta, transitando por las diversas fases de opinión que un hijo tiene de su padre hasta llegar a la más cruel de todas: mi padre no tiene ni pajolera idea de nada. Pero, cuando ya no está entre nosotros, su memoria y su grandeza vuelven a su lugar primitivo, se agiganta, es entonces por lo general cuando expresamos con irremediable pesar, cuánta razón tenía mi padre.

Me ha costado muchos años saber valorar, en su justa medida, el esfuerzo y la tenacidad de mi padre en alcanzar lo poco que consiguió. Su infancia desgraciada le llevó a aprender la dureza de la vida desde el mismo día en que nació. Circunstancias extraordinariamente difíciles y muy personales le hicieron abandonar, a los catorce años, su casa para irse a conocer mundo, sin más bagaje personal que 30 pesetas de plata, sin casi saber leer ni escribir y con el único oficio que un niño en un pueblo de 700 habitantes pudo tener: la de trabajar como un 'hombre' dedicado a las labores del campo. No tuvo niñez, tal como la mayoría de nosotros la entendemos. Ni juegos, ni amigos de escuela, más bien compañeros de trabajo.

Cruzó los Pirineos a pie en una marcha de dos días, caminando preferentemente las noches para no ser descubierto o interceptado por la gendarmería. Vivió algo más de veinte años en constante aventura. Las más fantásticas peripecias que un adolescente pudiera vivir. Se hizo hombre aprendiendo de todo y de todos entre franceses, italianos, noruegos, norteamericanos y sudamericanos . Trabajó por media Europa, en empresas como la Berliet o en los astilleros de Saint Nazair. Cruzó el Atlántico seis veces. En un buque mercante cruzando el Atlántico en dirección a Inglaterra, transcurridos unos días de navegación y, en medio del océano, fueron torpedeados por un submarino alemán en plena I Guerra Mundial, naufrago durante tres días en alta mar tuvo la suerte de ser recogido por un buque de guerra inglés. Este hecho lo marcó muy seriamente, aprendió que el mar es el dueño absoluto de todo y que tu vida está a su merced, esta fue la primera lección de las muchas que el mar le depararía, pero esa primera lección sirvió para aprender a tratarlo con respeto reverencial.

A los 21 años llegó a Nueva York enrolado como marinero 'fireman'. No se le permitió quedarse en Nueva York, para hacerlo, debía de regresar a Noruega y de allí pagarse el viaje como un turista. Desobedeciendo a su capitán cogió el petate empujo al centinela de la pasarela y se largó corriendo hasta alcanzar el primer taxi neoyorkino. -Go! Go! Esta palabra y cuatro más eran las únicas palabras que sabía en inglés. Así llegó a Nueva York en el mismo día en que se promulgaba la 'Ley Seca' y, que el gansterismo organizado, tardaría bien poco, en adueñarse del 'mercado ilegal'.


Su determinación y la necesidad de superar las adversidades y, también a la estimable ayuda de un compatriota catalán, le bastaron seis horas para obtener la carta blanca de Inmigración. Su amigo lo acompañó al despacho con un papel escrito en ingles 'foneticamente' las palabras que debía pronunciar como juramento: "To swear allegiance to the flag and I swear to God!", es decir, Juro fidelidad a la bandera y lo juro por Dios! Mi padre me decía: yo no sé lo que llegué a jurar pero a los diez minutos tenía la Carta Blanca en mi bolsillo. Ese documento le autorizaba a residir en los Estados Unidos y cuya tarjeta de identidad dice: 16th January 1920, #118385 United States of America. Alien Seaman's Identification Card.

En una primera estancia residió durante dos años en Nueva York, Chicago y Washington, D.C. pero volvió dos años más tarde hasta el año 1925 le sirvió para ganar su primer dinero mientras los Estados Unidos gozaban de un periodo de extraordinaria prosperidad, tuvo suerte en los negocios y se marchó con una pequeña fortuna hacia otras tierras. Conoció México, en tiempos de Pancho Villa y Zapata. La Habana y Panamá. Antofagasta, Santiago de Chile y Valparaíso, donde vivió muchos años, conoció a Salvador Allende Castro, abogado y notario de Valparaíso y padre del que fue años después Presidente de Chile, Salvador Allende Gossens. Como notario extendió la escritura de propiedad a mi padre de tres automóviles sedan, dos Nash y un Chandler, que los adquirió para dedicarlos al transporte de viajeros desde el puerto de Valparaíso a los hoteles de la ciudad, negocio que creó nuevamente años después en Lima. Mi padre siempre fue un enamorado de Chile, salvo en una cosa, los temblores y terremotos, éstos le aterraban. Tenía recuerdos muy especiales de los chilenos. Conoció a Neftalí Reyes Basoalto -posiblemente pocos conocerán que Pablo Neruda es su seudónimo- asistió a los primeros pasos del poeta como rapsoda, amigo de mi padre por el simple hecho de poder hablar en francés tomando unas cervezas. Conoció a grandes personas, hoy personajes de leyenda, entresaco a García Lorca y Josephine Baker.

Posiblemente, este escrito quedaría incompleto si no resaltara sus cualidades humanas, su vida cariñosa, austera, silenciosa y amable y que, como buen marinero de juventud, supo enfrentarse a la vida capeando los peores temporales que el destino le hizo vivir. Y estamos donde estamos; es conveniente saberlo y decirlo asentando los pies en nuestra tierra y proclamarnos herederos de lo que somos en tiempo de excesivas dudas y renuncias en que, el ruido de nuestro rededor, ahogan las palabras y enmascaran la vida.
El Sofista de Facebook






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