Náufrago en tierra

miércoles 9 de septiembre de 2009

Ternera con chocolate


Hay momentos que recuerdo a mi madre por las cosas más naturales y que forman parte de un código personal e intransferible. Pero también es cierto que muchas de las evocaciones que me traen su memoria, son tan sencillas y cotidianas como las que, con toda seguridad, pueden parecerse a los recuerdos de otros muchos —amigas y amigos— cuando evocamos nuestros recuerdos de los que como yo, ya no tenemos la suerte de tener nuestra madre entre nosotros.


Posiblemente y dependiendo de la edad en que uno se sumerja en su vida, recordará momentos más significativos que otros, tal vez alguna reprimenda o por el contrario actitudes silenciosas en la que ella, sin que se notase demasiado, salía enfrentándose al padre en defensa de su 'niño ò niña'. Pero a mí me sucede, con cierta frecuencia, que la recuerdo por las cosas más simples del diario vivir. Las fiestas familiares, los días de alguna tragedia familiar pero sobretodo la cotidianidad de la mesa, por la 'liturgia' de hábitos y costumbres que correspondían a las formas de comportarse aceptadas por todos sin ser comentadas, eran las propias de la familia y no se cuestionaban.


Su voz, sus canturreos, sus comidas, los sabores de su cocina, nadie como nuestra madre cocinaba tan rico. Sus platos los recuerdo con verdadera nostalgia. La forma de elaborar los platos, de presentarlos eran únicos y en el recuerdo aparecen los aromas y los sabores que nunca he apreciado en otras mesas. Recuerdos que forman parte de una vida entrañable y que están asentados en mi memoria para siempre. Mi madre que procedía de otra cultura gastronómica, aunque había nacido en Montevideo [Uruguay] vivió casi toda su niñez y adolescencia en Lima [Perú] hasta que se casó a los 18 años. Por tanto su cultura gastronómica tenía procedencia peruana. Cultura y sabores que yo nunca conocí -salvo el plátano frito y el cocinado de arroz blanco- que lo preparaba para acompañar a casi todos los platos más diversos.


Para mí siempre fue una catalana más, su habla era la de una perfecta catalana, sin ningún acento que delatara su procedencia de otro país. Sus guisos extraordinarios tenían todo el sabor de la cocina nuestra. Ahora con la perspectiva de los años, me doy cuenta de cuantas cosas tuvo que renunciar, hacer olvido de muchas de sus cosas, pasiones, paisajes, amigos, familia, costumbres y hasta renunciar a los sabores que conocía y apreciaba para adaptarse a los nuestros. Completamente enraizada con nuestra cultura y costumbres, nunca a esa edad, llegué a plantearme que procedía de otro país, con otras costumbres, sólo ya de mayor he conseguido ponerme en su piel y valorar todos sus silencios. De niño, nunca me planteé su lejana procedencia ni supe valorar los sacrificios de todas aquellas personas que, por un motivo u otro, han sido arrancadas de las costumbres de un país y han tenido que adaptarse a las de otro.


Ahora que ya no está conmigo y ella ya no puede ofrecerme sus ricos platos, pero me he propuesto recordarla haciéndole un pequeño homenaje y tributo a sus 'exquisiteces'. Ahora que, desde hace unos años, soy un 'single' por convicción y tengo el tiempo para cocinar, cuando tengo ocasión, me gusta hacerlo rememorando sus mejores platos. Ahora pongo en mi memoria y en mi paladar sus platos, sus especialidades, haciéndolos para mí pero con con el cariño de un hijo ofreciéndole este minúsculo homenaje, de esta manera, consigo acercarme a ella para poder saborear uno de sus platos y para tenerla presente disfrutando de su recuerdo en mi intimidad.


Hace unos días me decidí a cocinar un plato que, desde que mi madre faltó, nunca he vuelto a comer. Me decidí por un guiso de carne de ternera con salsa de chocolate acompañada con rollitos de col blanca y arroz blanco.


Receta:

—Hacer un caldo de carne, con zanahorias, puerros, cebollas, dos huesos de ternera y unos 150 gramos de carne de ternera de segunda. Reservar.Hervir la col con agua y sal durante tres ò cuatro minutos. Hacer cortes cuadrados y enrollarlos pasarlos por harina y sal y freirlos en aceite. Reservar.


—Cocinar la ternera -solomillo o tajo redondo- e una sartén dorándolo, dar vueltas para que cocine completamente, mientras se frie en el aceite con una cabeza de ajos sin pelar, dos o tres hojas de laurel o un 'atado' de hierbas aromáticas, ir regando la carne con brandy ò coñac y dorándolo con el acite por encima, para que una vez terminado de asar quede un aceite con el sabor del jugo de la carne, los ajitos y las hierbas. Separar y dejar enfriar, una vez fría la carne cortarla en lonchas y reservar el jugo de la carne que al cortar quedará en la bandeja.


—Con el aceite de la carne hacer un sofrito de tres cebollas y tres tomates cuando esté terminado de dorar echar la carne a rodajas, el caldo de carne y 70 gramos de chocolate rayado [ejemplo: chocolate Lindt 52 % de cacao] remover y dejar cocinar todo 20 minutos.Servir la carne con la salsa acompañada de arroz blanco 'Basmatic o Bomba' y los rollitos de col.


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viernes 22 de mayo de 2009

IPANEMA... EN LÁGRIMAS.


No siempre lo que se percibe es exactamente lo que sucede, a veces, la memoria no es testimonio fiel de lo sucedido, sino que transita por el difícil equilibrio que hay que mantener cuando se anda por el filo de la navaja. Las mentiras no engañosas pueden ser tan duras como la vida misma, no debemos olvidar que la realidad siempre supera la ficción.

Tengo dos buenos amigos que hace más de 20 años decidieron vivir juntos, ahora, han transcurrido muchos años que no sabía de ellos, ya que circunstancias familiares nos apartaron. Una tarde en una reconfortante conversación con un amigo común me entero de lo cruel que puede ser la vida. Los dos amigos habían alcanzado su jubilación y, apenas hacía unos meses, habían iniciado esa nueva etapa vital iniciando juntos los primeros días del resto de sus vidas. Su vida anterior, economicamente hablando, les había ido francamente bien, habían planificcado al detalle la ciudad donde querían vivir su retiro, la primera determinación fue que querían residir al lado del mar, abandonar la ciudad y ser dos residentes que placidamente se dejan acariciar por el sol de la playa sin mayor preocupación de ser unas personas respetables y respetadas. Escogieron la localidad costera de Sitges, me encanta la 'Blanca Subur' y de ella tengo muy buenos recuerdos y días felices de veranos compartidos en amable charla con ellos en restaurantes del Paseo Marítimo.

Habían sido dos ejecutivos preminentes amantes de viajar, dos catalanes que habían recorrido todo el mundo, digo bien todo el mundo, además eran expertos conocedores de la red de redes, desde finales del siglo pasado hacían un uso de Internet muy por encima de la media española, les encantaba contratar sus viajes directamente a través de las web de viajes, trenes al Machu Picchu, hoteles 'con encanto' más insospechados o contrariamente los más lujosos de Nueva York o Bombay, no tenían reparo alguno en aventurarse en viajar a 50º latitud Sur a la Patagonia austral, al Mato Groso o a Anchorage a 61º latitud Norte , comprando pasajes de transportes fluviales o contratando helicópteros para sobrevolar el Gran Cañon del Colorado. Recuerdo sus comentarios en un vuelo en avioneta que les trasladaba desde Lima a Nazca, arribados a las desérticas llanuras de Nazca contemplaban las célebres y misteriosas rayas dibujadas en el desierto y que, vistas desde la altitud de una avioneta, se contemplan las figuras de animales, plantas y otras formas extrañas y complejas, los dos amigos comentaban desde la avioneta de ocho pasajeros las vistas magníficas de las enigmáticos dibujos o líneas de Nazca, evidentemente lo hacían en catalán:

—Noi, fixet amb el ragatzell de ratlles del colibrí.. deu-n'hi do aquests Paracas no es feient gens l'orni, deu-n'hi do la paciència...

Algún viajero que les escuchaba daba explicaciones a otros viajeros:

—Están hablando en quitchua, un lenguaje primitivo que, con sus múltiples variantes, aún se conserva en tierras peruanas.

Mis amigos siguieron la broma como dominadores del quechua-catalán sin quitarles de su propio engaño. Incansables viajeros y enamorados de la cultura popular descubrieron un país maravilloso: Brasil.. pero el Brasil de los carnavales, el del bullicio, el del sambodromo. Desde que descubrieron Río de Janeiro volvieron cada año para participar en su carnaval. A veces, empezaban esas vacaciones desde las navidades hasta los carnavales. Les gustaba tanto ese mundo transgresor y de juerga dinámica que decidieron comprarse otro apartamento en Ipanema, así viajarían un par de veces al año y no se perderían los carnavales. Este pasado mes de febrero viajaron a Río de Janeiro, una vez más se acomodaron en su apartamento y disfrutaron de los carnavales a todo frenesí... pero la suerte se torció, uno de mis amigos ha tenido un isquemia cerebral, es decir, la falta de riego sanguínero al cerebro. Una verdadera emergencia médica que requiere tratamiento inmediato.

Durante un mes ha estado entre la vida y la muerte, el daño sufrido puede ser irreparable, en el estado en que se encuentra por consejo médico no pueden viajar y volver a Sitges, los dos amigos permanecen juntos en Ipanema soportando su destino, son horas y días de mucho cariño, de entrega y de mostrar la grandeza y la entrega del ser humano, su amigo no se mueve, no anda, no habla, no puede comer solo... sólo se pasa las horas del día en silencio llorando... todo el líquido que le hacen ingerir se le va en lágrimas, amargas lágrimas de desesperación, no sé el final de esta historia, parece, según los médicos, que tiene que andar todo lo desandado, empezar de cero, aprender a caminar, aprender a hablar, aprender a vivir... poner todo el coraje para salir de la cruel adversidad.
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jueves 30 de abril de 2009

FEMENÍA DE BIEN


Para los que compartimos el apellido FEMENIA he encontrado una noticia que hace referencia a nuestro nombre y que, a título de anécdota, me parece interesante comentarla. Rafael González Tirado es un experto lingüista, poeta y escritor, y miembro de la 'Academia de Ciencias de la República Dominicana' y de la 'Academia Dominicana de Lengua'. Por tanto sus razonamientos lingüísticos tiene autoridad sobrada del conocimiento de la lengua castellana y, por consiguiente, no es la ocurrencia de un advenedizo o un principiante.

En su libro 'Palabras para compartir', expone criterios lingüísticos como si fuera un manual de correcciones del idioma y que, en su libro, expone casos insólitos de las incorrecciones frecuentes en la prensa escrita de su país. González Tirado plantea que el lenguaje es un cuerpo vivo para el cual existe la necesidad de nuevas palabras y expresiones correctamente usadas. Plantea, por ejemplo, como firme defensor de la creación de la lexia 'FEMENÍA DE BIEN' para corresponder a 'hombría de bien' Y la palabra 'damicidad' en correspondencia a 'caballerosidad'.

Aunque el vocablo creado y propuesto por el lingüista no me parece mal, sino todo lo contrario, pero sí encuentro que, los que hemos sufrido incorrecciones con nuestro apellido, sobre todo con con los 'burócratas con el oído poco fino o distraído' y que, según he podido contratsra con muchos amigos Femenia, ocurre en todas las administraciones. Y que, con profusión desmedida, han escrito nuestro apellido en forma incorrecta, haciendo una interpretación demasiado libre y poco ajustada del apellido Femenía. Sólo nos falta que algún lingüista de renombre apoye la lexia Femenía como expresión femenina para terminar de enmarañar a los oídos de esos 'burócratas distraídos' que, con demasiada frecuencia, lo cambian por *Femenina*, en vez de la correcta escritura de nuestro apellido.
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lunes 27 de abril de 2009

RECORDANDO A MI PADRE


En tu homenaje.
... Oceánico amor, Valparaíso,

reina de todas las costas del mundo,

verdadera central de olas y barcos,

eres en mí como la luna o como

la dirección del aire en la arboleda.


Amo tus criminales callejones,

tu luna de puñal sobre los cerros,

y entre tus plazas la marinería

revistiendo de azul la primavera.

Que se entienda, te pido, puerto mío,

que yo tengo derecho

a escribirte lo bueno y lo malvado

y soy como las lámparas amargas

cuando iluminan las botellas rotas.

Pablo Neruda
[fragmento: Amo, Valparaíso, cuanto encierras...]



Creo que lo que me ocurre a mí rescatando valores de mi padre, ya tantos años desaparecido es, en cierta medida, lo que les ocurre a muchos hijos con sus padres. Y es que nos damos cuenta casi siempre -demasiado tarde- en que valoramos actitudes y vivencias cuando él estaba entre nosotros. Para un hijo, el juicio sobre la figura del padre, pasa irremediablemente por diversos estadios de opinión, pasa de ser un gigante omnipresente que sabe todo lo que se le pregunta, transitando por las diversas fases de opinión que un hijo tiene de su padre hasta llegar a la más cruel de todas: mi padre no tiene ni pajolera idea de nada. Pero, cuando ya no está entre nosotros, su memoria y su grandeza vuelven a su lugar primitivo, se agiganta, es entonces por lo general cuando expresamos con irremediable pesar, cuánta razón tenía mi padre.

Me ha costado muchos años saber valorar, en su justa medida, el esfuerzo y la tenacidad de mi padre en alcanzar lo poco que consiguió. Su infancia desgraciada le llevó a aprender la dureza de la vida desde el mismo día en que nació. Circunstancias extraordinariamente difíciles y muy personales le hicieron abandonar, a los catorce años, su casa para irse a conocer mundo, sin más bagaje personal que 30 pesetas de plata, sin casi saber leer ni escribir y con el único oficio que un niño en un pueblo de 700 habitantes pudo tener: la de trabajar como un 'hombre' dedicado a las labores del campo. No tuvo niñez, tal como la mayoría de nosotros la entendemos. Ni juegos, ni amigos de escuela, más bien compañeros de trabajo.

Cruzó los Pirineos a pie en una marcha de dos días, caminando preferentemente las noches para no ser descubierto o interceptado por la gendarmería. Vivió algo más de veinte años en constante aventura. Las más fantásticas peripecias que un adolescente pudiera vivir. Se hizo hombre aprendiendo de todo y de todos entre franceses, italianos, noruegos, norteamericanos y sudamericanos . Trabajó por media Europa, en empresas como la Berliet o en los astilleros de Saint Nazair. Cruzó el Atlántico seis veces. En un buque mercante cruzando el Atlántico en dirección a Inglaterra, transcurridos unos días de navegación y, en medio del océano, fueron torpedeados por un submarino alemán en plena I Guerra Mundial, naufrago durante tres días en alta mar tuvo la suerte de ser recogido por un buque de guerra inglés. Este hecho lo marcó muy seriamente, aprendió que el mar es el dueño absoluto de todo y que tu vida está a su merced, esta fue la primera lección de las muchas que el mar le depararía, pero esa primera lección sirvió para aprender a tratarlo con respeto reverencial.

A los 21 años llegó a Nueva York enrolado como marinero 'fireman'. No se le permitió quedarse en Nueva York, para hacerlo, debía de regresar a Noruega y de allí pagarse el viaje como un turista. Desobedeciendo a su capitán cogió el petate empujo al centinela de la pasarela y se largó corriendo hasta alcanzar el primer taxi neoyorkino. -Go! Go! Esta palabra y cuatro más eran las únicas palabras que sabía en inglés. Así llegó a Nueva York en el mismo día en que se promulgaba la 'Ley Seca' y, que el gansterismo organizado, tardaría bien poco, en adueñarse del 'mercado ilegal'.


Su determinación y la necesidad de superar las adversidades y, también a la estimable ayuda de un compatriota catalán, le bastaron seis horas para obtener la carta blanca de Inmigración. Su amigo lo acompañó al despacho con un papel escrito en ingles 'foneticamente' las palabras que debía pronunciar como juramento: "To swear allegiance to the flag and I swear to God!", es decir, Juro fidelidad a la bandera y lo juro por Dios! Mi padre me decía: yo no sé lo que llegué a jurar pero a los diez minutos tenía la Carta Blanca en mi bolsillo. Ese documento le autorizaba a residir en los Estados Unidos y cuya tarjeta de identidad dice: 16th January 1920, #118385 United States of America. Alien Seaman's Identification Card.

En una primera estancia residió durante dos años en Nueva York, Chicago y Washington, D.C. pero volvió dos años más tarde hasta el año 1925 le sirvió para ganar su primer dinero mientras los Estados Unidos gozaban de un periodo de extraordinaria prosperidad, tuvo suerte en los negocios y se marchó con una pequeña fortuna hacia otras tierras. Conoció México, en tiempos de Pancho Villa y Zapata. La Habana y Panamá. Antofagasta, Santiago de Chile y Valparaíso, donde vivió muchos años, conoció a Salvador Allende Castro, abogado y notario de Valparaíso y padre del que fue años después Presidente de Chile, Salvador Allende Gossens. Como notario extendió la escritura de propiedad a mi padre de tres automóviles sedan, dos Nash y un Chandler, que los adquirió para dedicarlos al transporte de viajeros desde el puerto de Valparaíso a los hoteles de la ciudad, negocio que creó nuevamente años después en Lima. Mi padre siempre fue un enamorado de Chile, salvo en una cosa, los temblores y terremotos, éstos le aterraban. Tenía recuerdos muy especiales de los chilenos. Conoció a Neftalí Reyes Basoalto -posiblemente pocos conocerán que Pablo Neruda es su seudónimo- asistió a los primeros pasos del poeta como rapsoda, amigo de mi padre por el simple hecho de poder hablar en francés tomando unas cervezas. Conoció a grandes personas, hoy personajes de leyenda, entresaco a García Lorca y Josephine Baker.

Posiblemente, este escrito quedaría incompleto si no resaltara sus cualidades humanas, su vida cariñosa, austera, silenciosa y amable y que, como buen marinero de juventud, supo enfrentarse a la vida capeando los peores temporales que el destino le hizo vivir. Y estamos donde estamos; es conveniente saberlo y decirlo asentando los pies en nuestra tierra y proclamarnos herederos de lo que somos en tiempo de excesivas dudas y renuncias en que, el ruido de nuestro rededor, ahogan las palabras y enmascaran la vida.
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